EMBRIÁGUENSE

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:


“¡Es hora de embriagarse!"

Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.



Charles Baudelaire

Nueva York

1666
Nueva Amsterdam

 De un par de cañonazos, los ingleses abaten la bandera que flamea sobre el fortín y arrancan la isla de Manhattan de manos de los holandeses, que la habían comprado a los indios delaware por sesenta florines.

 Dicen los delaware, recordando la llegada de los holandeses hace más de medio siglo: El gran hombre quería sólo una tierra pequeña, pequeña, para sembrar las verduras de su sopa, apenitas el espacio que una piel de toro podría cubrir. Debimos advertir entonces su espíritu fraudulento.

 Nueva Amsterdam, el mercado de esclavos más importante de América del Norte, pasa a llamarse, ahora, Nueva York; y Wall Street es el nombre de la calle de la muralla construida para que no se fuguen los negros.

Eduardo Galeano - Memoria del fuego I. Los nacimientos.


Los magos de Wall Street, expertos en la venta de castillos en el aire...

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